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La crisis de pareja en tiempo de COVID-19



Me quiero divorciar

Durante mi experiencia de aprender a nadar y posteriormente al ser maestra de natación, me di cuenta de que si tienes miedo de que el agua te trague, empiezas a manotear pierdes el control y te hundes, pero cuando ya dominas las técnicas de respiración, fortaleces la patada, la brazada, te compra tu equipo, gorra, unos googles que se adapten bien a tus ojos por los que no se cuele el agua para “ver bien”, ah porque si no ves bien pierdes la coordinación y te hundes, cuando literal te pasaste meses en la orilla haciendo “bucitos”, te das cuenta que como por arte de “magia” si “solamente” te relajas, respiras, fluyes, dejas de oponer resistencia, flotas te deslizas y disfrutas.

El matrimonio es así, con la misma facilidad en la que empiezas muy entusiasmada/o con tu “equipo”, puedes terminar, y terminar en tragedia. Cuando llega la hora de la separación y en medio del dolor, el desconcierto, la desolación, la frustración, el sentimiento de injusticia buscas y buscas las causas, incrédulo/a te repites, ¿qué paso? ¿qué hice?, si yo solo trabajé, si yo di todo de mí.

Formación de la pareja

Me gustaría compartir algunos datos de la historia de la pareja. Para ello nos remontaremos al siglo XII. En matrimonios cuando la relación extraconyugal no era aceptada por la iglesia, pero si practicada, ya que la pasión no se debía ejercer o practicar con la esposa. La pasión entonces fue característica de la etapa del amor romántico y cortés, en respuesta a la corporatividad medieval y a la normatividad de la iglesia, para el caballero el matrimonio era solo un acto político y de aumento de poder entre las alianzas, se tendría que buscar la satisfacción de las inclinaciones del individuo fuera de la relación. La forma del hombre de subir en el escalafón social era ese matrimonio y de la mujer de recibir el galanteo era resistiéndose a casarse para alargarlo porque ya pasado ese suceso se acababa.


Aurelio González, citado en Alcázar (2017) señala que este amor romántico y cortés de la dama y el caballero, se oculta dentro de nosotros, y aparece en los momentos inesperados, como la expresión del deseo profundo de creer en ideales superiores y en formas de relaciones intensas, y sobre todas las cosas, la de creer en el amor, invento del siglo XII.

Con estos datos como reflexión me surge la pregunta de ¿cómo es que en la actualidad nos preparamos y que tan listos estamos para hacer la elección y después de celebrado el contrato empezamos nuestra aventura?.

Romance y propensión al ahogamiento y a la crisis

Las creencias en las que se fundamenta nuestra elección inician con la presión del ambiente y lo el no te preocupes, cuando llegue el/la indicado/a tú te darás cuenta y con él/ella vivirás feliz siempre.


El romance seduce y te lleva a esperar demasiado, es maravilloso, es como un auto que huele a nuevo y no quieres que el olor se termine, es más, ahora existen desodorantes para auto con olor a nuevo porque desaparece tan rápido y es difícil dejar de percibirlo. La mayoría de la gente en edad de casarse no ha aprendió a ver la diferencia entre el amor real y el romance; algunas veces no lo sabe jamás. Se me acabó el amor (justifican) ya no siento” nada, (argumentan), como si además el permanecer con alguien no fuera un acto de decisión.


Cuando inicias un proyecto, hacer un posgrado, ser el mejor deportista o el mejor cocinero, ¿no hay días en que estas cansado y a punto de aventar todo?, por qué no es lo mismo con tu proyecto de relación. ¿Ah, tal vez porque ese proyecto se complica porque es de dos?, ¿o es que también lo que aprendiste que debe ser el amor te pesa y tu realidad no es compatible con tu fantasía?


El arrebatamiento de amor que es el romance es pintorezco, es insólito, cuento “ficticio y maravilloso”, la sensación es intensa, excitante… cómo no voy a firmar para toda la vida. Hay mucha gente que desea más la magia del romance que la realidad y el trabajo del matrimonio. No se pueden tener ambas a la vez, uno es para siempre, el otro es pasajero.


Los romanticistas del siglo XII no pueden experimentar las emociones ni los periodos en los que experimenten sensaciones o pensamientos que no sean los del “amor”, las emociones carentes de amor o cariño se convierten ataques de ira, pero la ira es ante su expectativa frustrada, una crisis tan fuerte que se olvida el problema que la causó, de tal forma que es imposible darle solución. Se desgastan ambos o uno, el más romántico, ante los firmes intentos de mantener viva la llama, aunque entre más esfuerzo se ponga (en el “mejor” de los casos) cada vez son más fuertes las desilusiones de una realidad mundana, práctica, cada vez más empeñados en lo pintoresco e insólito la relación obtiene tintes bizarros, y cada vez son más grandes las desilusiones y más fuertes los tragos de realidad.


No hay alianzas entre las familias, no soy la dama en la que se apoya la alianza, no es el caballero andante que me romancea, No hay suficiente capita para que ambos inicien una nueva vida cada quien por su lado, ¿con quién se quedan los hijos?, ¿cuánto debo dar de pensión? ¿con quién se queda el perro?, todo ha sido un fraude. ¿Qué sigue?, ¿qué decisión he de tomar?


Por: Consuelo Alcázar


Bibliografía:

  • Alcázar, C. (2017). Pautas de interacción y permanencia en parejas de doble ingreso económico. Tesis Doctoral. Universidad del valle de Atemajac. Jalisco.

  • Pittman, F. (1990). Momentos decisivos. Paidós. Argentina.

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